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"Internet:
un nuevo foro para la proclamación del Evangelio"
12 de Mayo de 2002
Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II, para la Jornada Mundial
de las Comunicaciones Sociales 2002.
Queridos hermanos y hermanas: |
1. La Iglesia prosigue en todas las épocas la tarea comenzada
el día de Pentecostés, cuando los Apóstoles, con el poder del
Espíritu Santo, salieron a las calles de Jerusalén a anunciar
el Evangelio de Jesucristo en diversas lenguas (cf. Hch 2, 5-11).
A lo largo de los siglos sucesivos, esta misión evangelizadora
se extendió a todos los rincones de la tierra, a medida que el
cristianismo arraigaba en muchos lugares y aprendía a hablar las
diferentes lenguas del mundo, obedeciendo siempre al mandato de
Cristo de anunciar el Evangelio a todas las naciones (cf. Mt 28,
19-20).
Pero la historia de la evangelización no es sólo una cuestión
de expansión geográfica, ya que la Iglesia también ha tenido que
cruzar muchos umbrales culturales, cada uno de los cuales requiere
nuevas energías e imaginación para proclamar el único Evangelio
de Jesucristo. La era de los grandes descubrimientos, el Renacimiento
y la invención de la imprenta, la Revolución industrial y el nacimiento
del mundo moderno: estos fueron también momentos críticos, que
exigieron nuevas formas de evangelización. Ahora, con la revolución
de las comunicaciones y la información en plena transformación,
la Iglesia se encuentra indudablemente ante otro camino decisivo.
Por tanto, es conveniente que en esta Jornada mundial de las comunicaciones
de 2002 reflexionemos en el tema: «Internet: un nuevo foro para
la proclamación del Evangelio».
2. Internet es ciertamente un nuevo «foro», entendido en el antiguo
sentido romano de lugar público donde se trataba de política y
negocios, se cumplían los deberes religiosos, se desarrollaba
gran parte de la vida social de la ciudad, y se manifestaba lo
mejor y lo peor de la naturaleza humana. Era un lugar de la ciudad
muy concurrido y animado, que no sólo reflejaba la cultura del
ambiente, sino que también creaba una cultura propia. Esto mismo
sucede con el ciberespacio, que es, por decirlo así, una nueva
frontera que se abre al inicio de este nuevo milenio. Como en
las nuevas fronteras de otros tiempos, ésta entraña también peligros
y promesas, con el mismo sentido de aventura que caracterizó otros
grandes períodos de cambio. Para la Iglesia, el nuevo mundo del
ciberespacio es una llamada a la gran aventura de usar su potencial
para proclamar el mensaje evangélico. Este desafío está en el
centro de lo que significa, al comienzo del milenio, seguir el
mandato del Señor de «remar mar adentro»: «Duc in altum» (Lc 5,
4).
3. La Iglesia afronta este nuevo medio con realismo y confianza.
Como otros medios de comunicación, se trata de un medio, no de
un fin en sí mismo. Internet puede ofrecer magníficas oportunidades
para la evangelización si se usa con competencia y con una clara
conciencia de sus fuerzas y sus debilidades. Sobre todo, al proporcionar
información y suscitar interés, hace posible un encuentro inicial
con el mensaje cristiano, especialmente entre los jóvenes, que
se dirigen cada vez más al mundo del ciberespacio como una ventana
abierta al mundo. Por esta razón, es importante que las comunidades
cristianas piensen en medios muy prácticos de ayudar a los que
se ponen en contacto por primera vez a través de Internet, para
pasar del mundo virtual del ciberespacio al mundo real de la comunidad
cristiana.
En una etapa posterior, Internet también puede facilitar el tipo
de seguimiento que requiere la evangelización. Especialmente en
una cultura que carece de bases firmes, la vida cristiana requiere
una instrucción y una catequesis continuas, y esta es tal vez
el área en que Internet puede brindar una excelente ayuda. Ya
existen en la red innumerables fuentes de información, documentación
y educación sobre la Iglesia, su historia y su tradición, su doctrina
y su compromiso en todos los campos en todas las partes del mundo.
Por tanto, es evidente que aunque Internet no puede suplir nunca
la profunda experiencia de Dios que sólo puede brindar la vida
litúrgica y sacramental de la Iglesia, sí puede proporcionar un
suplemento y un apoyo únicos para preparar el encuentro con Cristo
en la comunidad y sostener a los nuevos creyentes en el camino
de fe que comienza entonces.
4. Sin embargo, hay ciertas cuestiones necesarias, incluso obvias,
que se plantean al usar Internet para la causa de la evangelización.
De hecho, la esencia de Internet consiste en suministrar un flujo
casi continuo de información, gran parte de la cual pasa en un
momento. En una cultura que se alimenta de lo efímero puede existir
fácilmente el riesgo de considerar que lo que importa son los
datos, más que los valores. Internet ofrece amplios conocimientos,
pero no enseña valores; y cuando se descuidan los valores, se
degrada nuestra misma humanidad, y el hombre con facilidad pierde
de vista su dignidad trascendente. A pesar de su enorme potencial
benéfico, ya resultan evidentes para todos algunos modos degradantes
y perjudiciales de usar Internet, y las autoridades públicas tienen
seguramente la responsabilidad de garantizar que este maravilloso
instrumento contribuya al bien común y no se convierta en una
fuente de daño.
Además, Internet redefine radicalmente la relación psicológica
de la persona con el tiempo y el espacio. La atención se concentra
en lo que es tangible, útil e inmediatamente asequible; puede
faltar el estímulo a profundizar más el pensamiento y la reflexión.
Pero los seres humanos tienen necesidad vital de tiempo y serenidad
interior para ponderar y examinar la vida y sus misterios, y para
llegar gradualmente a un dominio maduro de sí mismos y del mundo
que los rodea. El entendimiento y la sabiduría son fruto de una
mirada contemplativa sobre el mundo, y no derivan de una mera
acumulación de datos, por interesantes que sean. Son el resultado
de una visión que penetra el significado más profundo de las cosas
en su relación recíproca y con la totalidad de la realidad. Además,
como foro en el que prácticamente todo se acepta y casi nada perdura,
Internet favorece un medio relativista de pensar y a veces fomenta
la evasión de la responsabilidad y del compromiso personales.
En este contexto, ¿cómo hemos de cultivar la sabiduría que no
viene precisamente de la información, sino de la visión profunda,
la sabiduría que comprende la diferencia entre lo correcto y lo
incorrecto, y sostiene la escala de valores que surge de esta
diferencia?
5. El hecho de que a través de Internet la gente multiplique sus
contactos de modos hasta ahora impensables abre maravillosas posibilidades
de difundir el Evangelio. Pero también es verdad que las relaciones
establecidas mediante la electrónica jamás pueden tomar el lugar
de los contactos humanos directos, necesarios para una auténtica
evangelización, pues la evangelización depende siempre del testimonio
personal del que ha sido enviado a evangelizar (cf. Rm 10, 14-15).
¿Cómo guía la Iglesia, desde el tipo de contacto que permite Internet,
a la comunicación más profunda que exige el anuncio cristiano?
¿Cómo entablamos el primer contacto y el intercambio de información
que permite Internet?
No cabe duda de que la revolución electrónica entraña la promesa
de grandes y positivos avances con vistas al desarrollo mundial;
pero existe también la posibilidad de que agrave efectivamente
las desigualdades existentes al ensanchar la brecha de la información
y las comunicaciones. ¿Cómo podemos asegurar que la revolución
de la información y las comunicaciones, que tiene en Internet
su primer motor, promueva la globalización del desarrollo y de
la solidaridad del hombre, objetivos vinculados íntimamente con
la misión evangelizadora de la Iglesia?
Por último, en estos tiempos tan agitados, permitidme preguntar:
¿cómo podemos garantizar que este magnífico instrumento, concebido
primero en el ámbito de operaciones militares, contribuya ahora
a la causa de la paz? ¿Puede fomentar la cultura del diálogo,
de la participación, de la solidaridad y de la reconciliación,
sin la cual la paz no puede florecer? La Iglesia cree que sí;
y para lograr que esto suceda, está decidida a entrar en este
nuevo foro, armada con el Evangelio de Cristo, el Príncipe de
la paz.
6. Internet produce un número incalculable de imágenes que aparecen
en millones de pantallas de ordenadores en todo el planeta. En
esta galaxia de imágenes y sonidos, ¿aparecerá el rostro de Cristo
y se oirá su voz? Porque sólo cuando se vea su rostro y se oiga
su voz el mundo conocerá la buena nueva de nuestra redención.
Esta es la finalidad de la evangelización. Y esto es lo que convertirá
Internet en un espacio auténticamente humano, puesto que si no
hay lugar para Cristo, tampoco hay lugar para el hombre. Por tanto,
en esta Jornada mundial de las comunicaciones, quiero exhortar
a toda la Iglesia a cruzar intrépidamente este nuevo umbral, para
entrar en lo más profundo de la red, de modo que ahora, como en
el pasado, el gran compromiso del Evangelio y la cultura muestre
al mundo «la gloria de Dios que está en la faz de Cristo» (2 Co
4, 6). Que el Señor bendiga a todos lo que trabajan con este propósito.
Vaticano, 24 de enero de 2002, fiesta
de San Francisco de Sales
IOANNES PAULUS II
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