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¡Hola! Qué gran gozo experimenta el bautizado cuando lee, escucha, ora, con la oración colecta de hoy. “Padre providente, por medio de la muerte de tu Hijo nos redimiste de la esclavitud del pecado, concédenos ahora participar de una santa alegría y después, en el cielo, de la felicidad eterna”.
Si por esclavitud se entiende estar al servicio del que nos esclavizó y, ciertamente al pecar no únicamente servimos un poco al enemigo, sino somos sus esclavos; y si esclavitud es ponerse a su disposición sin tener voluntad propia, ese peligro se agrava más.
La alegría crece al saber que el Redentor, que pagó la vida nuestra con la muerte suya, es además prefigurado como Rey, Justo, Victorioso y Humilde. El autor sagrado (Zac.9) nos invita a dar gritos de júbilo, y da la razón: “Hija de Sión, e hija de Jerusalén”, más que lugares geográficos, somos tú y yo; nosotros y ustedes; los hombres de entonces y los de ahora.
Aquel Rey anunciado como Santo y Victorioso, no va a venir en un carruaje de briosos caballos, rodeado de trompetas, sino montado en un burrito y escoltado por los pobres, los niños y, en la escala de los valores de entonces, de los últimos, los de abajo, los olvidados. Tan pacífico será que desaparecerán los carros de guerra y los arcos de los guerreros y anunciará la paz; la tranquilidad dentro del orden, y su poder abarcará las naciones, cada persona, y su poder no es para dominar con la fuerza sino para atraer con otra fuerza más grande que se llama el amor.
De ese Rey -de Cristo N. S.- somos y poseemos su Espíritu; (2ª lect) y al llenarnos de Él llevamos dentro la semilla de la incorrupción. El mismo Padre celestial que resucitó a Su Hijo nos resucitará a nosotros también. La Iglesia desde el principio, cuando iniciaron los Apóstoles y primeros discípulos la evangelización del mundo, un tema fundamental, después de la redención realizada por el Hijo eterno del Padre, fué el de la resurrección. Esa verdad la aceptaban cuantos tuvieron fe en la palabra predicada por los primeros enviados, y al aceptar la fe, sólo por excepción alguno dudaba; en Atenas por ejemplo, ante la predicación de S. Pablo. Hoy es al revés, somos excepción, sólo 2,000 millones tenemos el privilegio de creer ante la inmensa muchedumbre, el resto de la humanidad, que, o no cree, o cree en otra vida después de ésta pero no para vivir con el mismo cuerpo que ahora tenemos.
Creer en la resurrección compromete a vivir sin egoísmos y sobriamente porque éste cuerpo es, aun mucho antes de ser glorificado, Templo santo de Dios.
El trozo de S. Mt. que hoy presenta la liturgia es precioso, como una perla única, aunque sean unos cuantos renglones. Nuestro Señor alaba al Padre, y alabar es la primera vertiente de la oración bien hecha; porque ha revelado sus misterios a la gente sencilla. Le preguntaban a Teresita de Jesús cuál era el secreto para obtener tantos dones de Dios, si su deseo del martirio, sus penitencias o su enfermedad; si sus escritos o renuncia a gustos sensibles y los respondió que no; la clave, dijo ella, es la de sentirse pequeña, saberse pequeña, conducirse ante el Padre, como la última, la necesitada de todo.
Jesucristo ahora, en su vida pública, y mucho antes que lo diga como resumen de su doctrina el día de su ascensión, (S. Mt. 28,20ss) asegura que su Padre ha puesto todas las cosas en sus manos. Sin exclusión ninguna. Además responde a las inquietudes que todo hombre que piensa tiene: ¿Cómo es Dios? ¿Qué piensa? ¿Cuál es su esencia? ¿Cómo nos ama? El Hijo es el único que tiene la respuesta. “Nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.
Las palabras que siguen son una invitación, diríamos, de amplitud universal; pues dice El Señor: “Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y Yo los aliviaré”. ¡Cuánto bien nos hace un médico, un maestro, un amigo; cuánto bien los propios familiares, los que piden a Dios por nosotros o con nosotros; cuánto bien los que nos comparten su vida, su paz o su alegría, pero Jesús los supera a todos! Las palabras que vienen a continuación han animado a millones de creyentes en su lucha cotidiana, en sus pruebas, en sus noches obscuras, en sus agonías o en la cercanía de la muerte; “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”.
En el mes de Junio se propone al Corazón de Jesús como objeto de nuestra especial devoción por ser un mes en torno al cual suele celebrarse la fiesta litúrgica de la Solemnidad del Corazón del Verbo hecho carne, Jesucristo el Señor. Cuando nos preguntamos, o interrogamos a los Evangelistas desde cuándo empezó la devoción al Corazón de Cristo, suele responderse que se inició en la cruz cuando el Señor, ya muerto, fué herido en su costado del que brotó sangre y agua (S. Jn. 19) y es la verdad, pero el preámbulo del hecho fué la frase que trae el evangelio de hoy: “Vengan…todos…soy manso y humilde de corazón…aprendan de mi…y encontrarán descanso”.
Jesús, manso y humilde, haz mi corazón semejante al tuyo. Amén.
Alabado sea Jesucristo
Mons. Juan José Hinojosa Vela
MENSAJE
La lucha de la mariposa
Un hombre encontró un capullo de una mariposa y se lo llevó a casa para poder ver a la mariposa cuando saliera del capullo. Un día vio que había un pequeño orificio y entonces se sentó a observar por varias horas, viendo que la mariposa luchaba por poder salir de capullo.
El hombre vio que forcejeaba duramente para poder pasar su cuerpo a través del pequeño orificio en el capullo, hasta que llegó un momento en el que pareció haber cesado de forcejear, pues aparentemente no progresaba en su intento. Pareció que se había atascado. Entonces el hombre, en su bondad, decidió ayudar a la mariposa y con una pequeña tijera cortó al lado del orificio del capullo para hacerlo más grande y así fue que por fin la mariposa pudo salir.
Sin embargo al salir la mariposa tenía el cuerpo muy hinchado y unas alas pequeñas y dobladas. El hombre continuó observando, pues esperaba que en cualquier instante las alas se desdoblarían y crecerían lo suficiente para soportar al cuerpo, el cual se contraería al reducir lo hinchado que estaba. Ninguna de las dos situaciones sucedieron y la mariposa solamente podía arrastrarse en círculos con su cuerpecito hinchado y sus alas dobladas... Nunca pudo llegar a volar.
Lo que el hombre en su bondad y apuro no entendió, fue que la restricción de la apertura del capullo y la lucha requerida por la mariposa, para salir por el diminuto agujero, era la forma en que la naturaleza forzaba fluidos del cuerpo de la mariposa hacia sus alas, para que estuviesen grandes y fuertes y luego pudiese volar.
La libertad y el volar solamente podrán llegar después de la lucha. Al privar a la mariposa de la lucha, también le fue privada su salud. Algunas veces las luchas son lo que necesitamos en la vida. Si Dios nos permitiese progresar por nuestras vidas sin obstáculos, nos convertiría en inválidos. No podríamos crecer y ser tan fuertes como podíamos haberlo sido. ¡Cuánta verdad hay en esto! Cuántas veces hemos querido tomar el camino corto para salir de dificultades, tomando esas tijeras y recortando el esfuerzo para poder ser libres.
Autor desconocido.
ORACION DE LOS FIELES
Pidamos, hermanos, al Señor que escuche nuestras súplicas y acoja nuestras peticiones:
Lector: Oremos a Dios Padre por el Papa Benedicto XVI, por nuestro Obispo Francisco, sus Obispos auxiliares y por todos aquellos a los que se han confiado nuestras almas…
Todos: que nuestro Señor les dé fuerza y sabiduría para dirigir y gobernar santamente las comunidades que les han sido encomendadas y puedan así dar buena cuenta cuando se les pida.
Lector: Oremos también para que Dios nos conceda la paz; que él, que es el origen de toda concordia…
Todos: transmita la paz del cielo a la tierra, la paz espiritual para nuestras almas y la paz temporal para nuestros días.
Lector: Por los que se esfuerzan en seguir las sendas del Evangelio para que el Señor los mantenga en este propósito hasta el fin de sus días…
Todos: y por los que viven en pecado, para que Dios nuestro Señor les dé la gracia de convertirse, hacer penitencia, purificarse en el sacramento del perdón y alcanzar así la salvación eterna.
Lector: Oremos, a Dios nuestro Señor por los fieles difuntos, especialmente por nuestros familiares, amigos y bienhechores…
Todos: para que el Señor, por su gran misericordia, los reciba en su gloria y los coloque entre los santos y elegidos.
Señor Dios, que haz revelado a los sencillos la riqueza de tu reino, escucha nuestras oraciones y haz que, como discípulos de tu Hijo, llevemos con él el yugo suave de la cruz y anunciemos a los hermanos el descanso eterno que sólo se encuentra en ti. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Todos: Amén
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